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domingo, 3 de febrero de 2013

Los argumentos de la revolución verde han sido destruidos


Miguel Altieri es uno de los investigadores de ecología agrícola más reconocidos en EE.UU. y asesora a las Naciones Unidas. Formado en la Universidad de Chile y profesor en Berkeley por más de tres décadas es también uno de los académicos más críticos de la agricultura convencional. Tampoco se salva la orgánica, a la que califica de elitista.

En enero se paseó por Chile observando varios proyectos de agricultura orgánica. Visitó las principales viñas que siguen ese modelo productivo. El veredicto de Miguel Altieri es directo, “vi mucho de ensayo y error, más que investigación formal”. 
Altieri es un hombre frontal. A pesar de que sus consejos son seguidos por agricultores orgánicos de todo el continente, no se guarda las críticas. “La comida orgánica es para la élite, porque tiene un sobreprecio”.
Las palabras de Miguel Altieri tienen peso. Desde hace 31 años es académico de la Universidad de California en Berkeley. Luego de estudiar Agronomía en la Universidad de Chile partió a hacer un magíster en Colombia y después un doctorado en Entomología en la Universidad de Florida. Comenzó en el control biológico de plagas y luego derivó a una preocupación por la relación entre agricultura y medio ambiente. Hoy el académico es uno de los paladines de la agroecología, que promueve la importancia de la protección del medio ambiente y de la agricultura de pequeña escala.
Desde su cátedra universitaria y como asesor de productores y de las Naciones Unidas y la FAO ha levantado una crítica directa al modelo de agricultura altamente mecanizada, con alto uso de fertilizantes y agroquímicos, nacida a partir de la Revolución Verde de Norman Borlaug.
-La agricultura convencional se basa en paradigmas que ya no son válidos. El primer presupuesto de la Revolución Verde es que el clima iba a ser estable. En los años 50 sus impulsores no tenían incorporado en sus cálculos el cambio climático. Segundo, contaron con que el petróleo siempre iba a ser abundante y barato, mientras que hoy es caro. Toda la agricultura convencional se basa en el petróleo, incluyendo fertilizantes y agroquímicos. Por lo tanto, su matriz energética no es sustentable.
Tercero, siempre pensaron que podían controlar la naturaleza. Nos hemos dado cuenta que en la medida que aplicas los enfoques unilaterales, siempre la naturaleza tiene respuesta. Hay 500 especies de artrópodos resistentes a 1.000 insecticidas. Perdemos el 30% antes de cosechar, el mismo porcentaje que hace 50 años, con la diferencia de que hoy aplicamos 2 millones de kilos de ingrediente activos.
Los argumentos de la revolución verde han sido destruidos.
-Sin embargo, la agricultura tiene que hacerse cargo de alimentar una población de 7 mil millones de personas. El modelo orgánico es menos productivo que el convencional. Rechazar la agricultura convencional significaría sumir a muchas personas en el hambre.
-Primero, ni la agricultura industrial ni la orgánica están alimentando al mundo, porque de 7.000 millones de personas hay 1.000 millones de ellas que pasan hambre y eso es inaceptable.
El problema del hambre no pasa por la producción, sino que por la pobreza, por la falta de acceso a la tierra, porque hay gente que no tiene plata para comprar la comida, porque el comercio de los alimentos está en manos de especuladores y los precios subieron tremendamente desde 2008.
En este momento hay suficiente comida para alimentar a 9.000 millones de personas. En Europa y Estados Unidos cada persona bota 120 kilos de comida al año. Si sumas todos eso se podría alimentar a todo África. Y a eso tienes que sumar toda la tierra que se usa para hacer biocombustibles.
-¿Y cuál es el problema con los biocombustibles? El gobierno de Estados Unidos lo promueve como una forma de aminorar la dependencia de combustibles fósiles.
-Si se dedicara toda la producción de maíz de EE.UU. al etanol sólo se generaría el 12% de la demanda de etanol que tienen. Además, es muy ineficiente. Se necesita 1,2 galones de petróleo para producir 1 galón de biocombustibles.
Cada vez que llenamos el estanque de un automóvil con etanol utilizamos el maíz necesario para alimentar a una persona por un año.
-La sequía de 2012 destruyó una parte significativa de los cultivos de maíz en el Midwest. ¿Ese evento generó una mayor preocupación en Estados Unidos por el efecto del clima en la agricultura?
-No, a pesar de que la sequía mostró la vulnerabilidad de los monocultivos. El lobby en EE.UU. de quienes niegan el cambio climático es muy fuerte. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPPC) señala que el clima no sólo está cambiando, sino que lo hace más rápido y con eventos más frecuentes que antes.
La agricultura también es responsable, pues produce un tercio de los gases de invernadero, tanto por la aplicación y producción de fertilizantes, como por el manejo concentrado de animales y la pérdida de CO2 del suelo en zonas donde se da una producción intensiva, como el Central Valley de California, el Midwest y Florida.
Qué hacer con los orgánicos
-En Chile la agricultura orgánica es una actividad incipiente. Usted pasó casi una semana recorriendo varias viñas que se han adaptado a ese sistema. ¿Qué aspectos se pueden mejorar?
-Hay muchas líneas de investigación que desarrollar en la agricultura orgánica chilena. Desde mi punto de vista debe tener una orientación más estratégica que enfocarse en la prueba de insumos. Todos los días salen nuevos productos y podemos pasarnos la vida estudiando cuál es mejor. Van al síntoma, no a la causa fundamental.
Hay que estudiar por qué se producen los desbalances ecológicos que originan las plagas. Es un enfoque preventivo en que tratas de entender por qué los sistemas son vulnerables.
Dicho eso, se abren muchas líneas de investigación. Por ejemplo, en el control de malezas en los viñedos. Todos tratan de mantener los viñedos bastante limpios con un costo enorme de energía, porque tienen que meterse con caras maquinarias especiales a cortar la maleza, lo que, por otra parte, compacta el suelo.
Hay que determinar los períodos críticos de competencia de la maleza. ¿Se tienen que controlar durante todo el año o sólo en ciertos períodos, como pasa en otros cultivos?
Un segundo tema es la activación de la biología del suelo que se busca con té de compost. Se asume la supuesta riqueza microbiana del compost, pero no ha sido investigada. Es una inversión fuerte que hacen las viñas y luego le pasan una rastra al suelo, con lo que se molesta a esos microorganismos.
Creo que los costos de producción en la agricultura orgánica son altísimos. Se usan maquinarias para evitar usar químicos, además 12 o 18 tipos de productos. A lo que hay que agregar el pago por la certificación con organismos europeos o norteamericanos.
-Todo termina en una paradoja, la agricultura orgánica apunta a una mejor calidad para las personas, pero se inserta en un nicho de mercado de alto valor. ¿Cómo se sale de esa situación?
-Es interesante el ejemplo de Brasil. Ellos tienen un sistema barato y participativo de certificación para la agricultura campesina. El Estado asegura la compra de un tercio de su producción para la alimentación en escuelas, hospitales y entidades gubernamentales.
En Chile debería abrirse una estrategia de apuntar al mercado local, más que a la exportación de alimentos orgánicos. Principios agroecológicosEn la corriente de pensamiento que impulsa Miguel Altieri hay elementos clave en el diseño de la producción agrícola. En un artículo preparado para Cumbre Río+20 de la ONU los detalla: 
Aumentar el reciclaje de biomasa, con miras a optimizar la descomposición de materia orgánica y el ciclo de nutrientes a través del tiempo.
Proveer las condiciones más favorables para el crecimiento vegetal, en particular mediante el manejo de la materia orgánica y el mejoramiento de la actividad biológica del suelo.
Fortalecer el “sistema inmunológico” de los sistemas agrícolas, mejorando la biodiversidad funcional (los enemigos naturales, antagonistas, etc.).
Minimizar las pérdidas de energía, agua, nutrientes y recursos genéticos mejorando la conservación y regeneración de suelos, recursos hídricos y la diversidad biológica agrícola.
Diversificar especies y recursos genéticos en el agroecosistema en el tiempo y el espacio, a nivel de campo y paisaje.
Aumentar las interacciones biológicas y las sinergias entre los componentes de la biodiversidad agrícola, promoviendo procesos y servicios ecológicos clave.

Fuente: Revista de Campo

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